METAS PARA EL AÑO NUEVO

26/01/2026

¿Plantaré un árbol, tendré un hijo y escribiré un libro en este 2026?

«No puedo creer que la profesora haya tenido que llamarme para decirme que vas a suspender esta asignatura, ¡ya lo habíamos hablado! ¿Es que no quieres nada en la vida? ¡Mira todo el esfuerzo que he hecho para que estudies, y parece que no sabes hacer lo único que tienes que hacer! Estudiar, ¡solo tienes que sentarte en esa silla y estudiar! No tienes que trabajar, solo estudiar, ¡y ni siquiera eso haces!». Miguel, de 14 años, miró a su padre con ira mientras escuchaba la queja. Había suspendido esa asignatura porque realmente no se había preocupado por estudiar, pero su ira se debía a que le parecía que su padre le exigía demasiado.

De repente, sus pensamientos se desviaron y recordó a un influencer de las redes sociales que había publicado el nuevo auto que se había comprado y en el vídeo había un cartel que decía: «Para todos los que no creyeron en mí, ¡miren lo que he conseguido!». Ese influencer había dejado la escuela para hacer vídeos y estaba ganando mucho dinero.

El padre se dio cuenta de que Miguel ya no lo estaba escuchando y decidió llamar su atención de otra manera. En lugar de seguir indignado y gritando, bajó el tono de voz, se sentó a su lado y se quedó callado. Eso llamó la atención de Miguel. Los dos se quedaron en silencio. El padre nunca había hecho eso. Normalmente, habría seguido gritando hasta cansarse, pero esta vez solo estaba sentado, quieto y sin hablar. Ese silencio era la tortura perfecta, porque ahora los pensamientos de Miguel comenzaban a llevarlo a lugares a los que la ira de su padre no podía llevarlo. Ese lugar de reflexión, de autoevaluación y de percepción de la posibilidad del error. Esa experiencia estaba siendo muy diferente. El padre, sin mirarlo, habló de manera pausada y suave: «Hijo, ¿qué esperas de la vida?». Miguel, realmente, no lo sabía. Como para decir algo, expresó: «Me gustaría tener más tiempo para jugar a los videojuegos con mis amigos. Creo que soy muy bueno en eso». El padre observó: «¿Solo te gustaría jugar o también competir? Porque sé que hay gente que gana mucho dinero jugando, ¿no?». Miguel se sinceró: «No, no creo ser tan bueno para competir. O sea, necesitaría practicar muchas horas más para estar en ese nivel… pero no sé si llegaría…».

De allí en más el diálogo fluyó con naturalidad, normalidad y, sobre todo, racionalidad. De a poco, el padre tuvo las herramientas y las palabras necesarias para explicarle a Miguel que nada se consigue en esta vida sin esfuerzo y dedicación. «Si quieres hacer algo bien, necesitas tiempo, constancia y esfuerzo», concluyó el padre.

Miguel quedó pensando en esta conversación durante unos días. Luego, decidió hacer algunos cambios. El padre también aprendió que tenía que cambiar su forma de actuar si quería que su hijo lo entendiera.

Antes, los objetivos nobles de una persona eran plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. ¿Cuáles son los objetivos de la sociedad actual? ¿Nos hemos perdido en la necesidad de logros rápidos sin esfuerzos conscientes? ¿Se han pasado de moda la constancia, la calidad y la dedicación? ¿No podemos aprovechar nada de esta generación, que está viviendo un mundo sin ganas de explorarlo? ¿Están simplemente existiendo, dejando pasar el tiempo?

Cada generación acumula los errores de las generaciones pasadas y crea alternativas para vivir el presente y posicionarse para el futuro. ¿Podemos combinar los potenciales y las características de cada generación para realmente pasar página y convertirnos en lo que Cristo quiere que seamos?

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