CUANDO NADA PARECE SUFICIENTE

¿Correr el viento o descansar en Cristo?

Comienza un nuevo año, pero ya hace mucho tiempo que vivimos en lo que Gilles Lipovetsky llama la «hipermodernidad». Esta no es una ruptura con el pasado, sino una intensificación de la modernidad: más velocidad, más opciones, más información y más libertad individual. Sin embargo, también más ansiedad, más cansancio interior y una sensación persistente de vacío.

El ser humano hipermoderno vive hiperconectado, pero interiormente disperso; tiene múltiples posibilidades, pero poca estabilidad; busca felicidad de manera obsesiva, pero rara vez descansa. Este fenómeno no es solo cultural o sociológico, es profundamente espiritual, porque revela una humanidad que intenta sostenerse a sí misma sin un centro trascendente.

Desde la Biblia, este diagnóstico no resulta extraño. El texto bíblico describe reiteradamente lo que ocurre cuando el ser humano se coloca en el centro y desplaza a Dios. En Génesis 3, el problema no fue solamente la desobediencia; sino la ilusión de autosuficiencia: «seréis como Dios». La hipermodernidad es, en muchos sentidos, la versión contemporánea de esa antigua tentación. El individuo hipermoderno se convierte en gestor absoluto de su vida, responsable de su éxito, de su felicidad, de su equilibrio emocional y de su identidad. El resultado no es plenitud, sino carga. La Biblia ya lo había anticipado cuando afirma que “hay camino que al hombre le parece derecho, pero su fin es camino de muerte” (Prov. 14:12).

La obsesión hipermoderna por el bienestar y la felicidad conecta con lo que Eclesiastés 1:14 (NVI) describe como «correr tras el viento». Nunca hubo tantas herramientas para sentirse bien, pero tampoco tanta inquietud interior. La hipermodernidad promete plenitud a través del consumo, del rendimiento y de la autorrealización, pero ignora la dimensión más profunda del ser humano: su necesidad de sentido, de reconciliación y de descanso espiritual.

La aceleración del tiempo, otro rasgo central de la hipermodernidad, también encuentra un contraste claro en el mensaje bíblico. Vivimos en la urgencia constante, en el «ya» y en la presión por no quedarse atrás. Jesús, en cambio, camina, se detiene, escucha y espera. No vive gobernado por la ansiedad del rendimiento, sino por la obediencia al Padre. Cuando invita diciendo «venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar» (Mat. 11:28), no está ofreciendo solo alivio emocional, sino una nueva forma de habitar el tiempo y la vida, centrada en la relación con Dios y no en la autoexigencia permanente.

La fragilidad de los vínculos en la hipermodernidad también revela una ausencia. Relaciones líquidas, compromisos reversibles y miedo a la dependencia surgen en un contexto donde el «yo» es absoluto. Jesús propone exactamente lo contrario: una vida basada en el amor que se entrega, en el compromiso fiel y en la comunidad: «Permaneced en mí, y yo en vosotros» (Juan 15:4).

Incluso la ética y la moral están basadas más en la elección personal que en el deber, puede leerse bíblicamente como una consecuencia de la ausencia de un fundamento trascendente. Cuando la verdad se vuelve relativa y el bien se define solo desde el bienestar individual, la brújula moral se debilita. Jesús no propone una ética del miedo ni del castigo, sino una ética del amor arraigado en la verdad: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (Juan 14:6). Sin una verdad que trascienda al individuo, la libertad termina convirtiéndose en carga y confusión.

Así, la hipermodernidad no es simplemente una etapa histórica, sino un síntoma espiritual. Cuando Jesús es desplazado, el ser humano intenta ocupar su lugar, y el peso resulta insoportable. Por eso Agustín lo expresó con tanta claridad siglos antes de Lipovetsky: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

Jesús no es una solución superficial a los malestares de la hipermodernidad, ni un complemento espiritual dentro del mercado del bienestar. Él es la respuesta porque redefine lo que significa vivir, amar, descansar y esperar. Donde la hipermodernidad exige rendimiento, Jesús ofrece gracia. Donde promete felicidad inmediata, él ofrece gozo profundo. Donde hay vacío, él ofrece plenitud. En última instancia, la hipermodernidad no revela solo un cambio de época, sino una verdad eterna sin Cristo, donde el ser humano puede tenerlo todo y, aun así, sentirse perdido. Con Cristo, incluso en medio de un mundo acelerado y fragmentado, es posible volver a tener centro, sentido y descanso en este nuevo año que comienza.

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