El celo sin discernimiento sigue produciendo divisiones
Uno de los mayores peligros para la iglesia no proviene de la presión externa, sino del apresuramiento interno. Los rumores viajan más rápido que los hechos, y las reacciones suelen llegar antes de la comprensión. La intención de compartir información puede ser noble, pero el resultado puede generar una confianza quebrantada, relaciones dañadas y un testimonio debilitado ante el mundo.
La Biblia enseña que el motivo solo no es suficiente; la metodología importa. Cuando Jesús fue arrestado en el Getsemaní, Pedro reaccionó de inmediato. «Entonces Simón Pedro, […] hirió al siervo del Sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha» (Juan 18:10). Su lealtad era sincera, pero su respuesta fue errónea. Jesús sanó la herida y restauró el orden. El amor sin sabiduría sigue hiriendo. El celo sin discernimiento sigue dividiendo.
Una lección similar aparece en Josué 22. Las tribus al oeste del Jordán oyeron que sus hermanos del este habían construido un altar. Su preocupación por la adoración pura era legítima; querían proteger la fidelidad. Se prepararon para el conflicto sobre la base de un informe, no de hechos verificados. La tensión terminó solo cuando las suposiciones dieron paso a la verdad confirmada. El problema fue la premura.
Ese mismo patrón es visible en la actualidad. Las plataformas digitales premian la inmediatez, no la precisión. Los titulares sustituyen a la investigación. Muchos comparten información no verificada, creyendo que están protegiendo a la iglesia. Sin embargo, las Escrituras advierten contra este enfoque: «Al que responde sin haber escuchado, la palabra le es fatuidad y vergüenza» (Prov. 18:13). El discernimiento no es silencio, sino un discurso disciplinado guiado por la sabiduría.
Elena White abordó esta tensión con claridad: «Si bien es importante, por un lado, que se evite la indiferencia al tratar con el pecado, es igualmente importante, por otro lado, que se eviten los juicios duros y las sospechas infundadas».1 Esas palabras no justifican cualquier mala conducta. Por el contrario, protegen relaciones de confianza y preservan la unidad. Protegen la misión de la erosión interna.
La misión avanza de forma más eficaz cuando la integridad guía nuestras acciones. El poder espiritual fluye cuando nuestras vidas y servicio se basan en la verdad. Esto genera confianza en nuestras comunidades. La respuesta a la crisis, basada en la coordinación y la compasión, refleja el carácter de Cristo. Las Escrituras nos dicen que «la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía» (Sant. 3:17).
Por lo tanto, el llamado ante nosotros es claro. Antes de reaccionar, haga una pausa. Antes de compartir, verifique. Hable con la gente, no sobre la gente. Si se requiere acción, que esta refleje el Espíritu de Cristo y no el ímpetu del momento. Es posible defender la verdad y aun así herir el cuerpo. Dios llama a su pueblo a algo mejor.
Arraigada en la Biblia y enfocada en la misión, la iglesia avanza no solo por su rapidez, sino por su sabiduría, gracia y fidelidad. Cuando los motivos correctos se unen a los métodos correctos, el testimonio de Cristo sigue siendo creíble, la sanación continúa y la misión avanza con fuerza y unidad.
1 Elena White, Patriarcas y profetas (Mountain View, California: Pacific Press Pub. Assn., 1954), p. 556.
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Erton C. Köhler es presidente de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día.



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