Reflexiones sobre la adopción divina
«Querido, he estado pensado»… Por el tono de su voz, supe que no iba a ser una conversación casual.
Mi esposa me hizo un gesto para que me sentara a su lado y giró lentamente su computadora hacia mí. En la pantalla estaba la foto de una niña que yo nunca había conocido. Su cabello oscuro, cortado de forma desigual, enmarcaba un rostro ansioso, y sus penetrantes ojos marrones parecían atravesarme.
«Podríamos recibir a esta chica en Navidad –dijo mi esposa con suavidad– y darle la oportunidad de experimentar lo que es formar parte de una familia».
Miré la foto, sintiendo un conflicto entre dos emociones poderosas. Por un lado, sentía compasión por esa niña; por otro, sentía miedo por lo que esto podría costarnos y cómo podría trastocar nuestras vidas sumamente ordenadas. Recibir a una desconocida en nuestra casa, aunque fuera por poco tiempo, me parecía arriesgado.
Y, sin embargo, un mes después nos encontramos abrazándola en el aeropuerto.
Parte de una familia
Se quedó con nosotros tres semanas. La mañana antes de su vuelo de regreso, tomó un poco de tiza y se dirigió al camino de entrada. Allí dibujó un gran corazón. Dentro del corazón escribió los nombres de cada miembro de nuestra familia, y luego añadió su propio nombre junto al nuestro. Debajo de todo eso, escribió una palabra: сімя, la palabra ucraniana para familia.
Mientras estábamos allí mirando ese dibujo, ninguno de nosotros podía hablar. Sabíamos que algo había cambiado.
Ese verano la invitamos de nuevo y, poco después, tomamos la decisión de iniciar el proceso de adopción. Cuando la gente escuchó lo que planeábamos, sus reacciones fueron mixtas. Algunos hicieron preguntas sinceras: «¿Les parece buena idea?» «¿Qué provocará esto en su familia?» Otros se mostraron más escépticos. Incluso el internado donde vivía la chica parecía sorprendido. Sus profesoras expresaron una sincera confusión sobre por qué querríamos adoptar a esa niña, una que consideraban problemática.
¿Por qué adoptar a un niño? Nuestra respuesta fue sencilla: la amamos.
Esa es también la razón por la que Dios nos adopta. El apóstol Juan capta la maravilla de esa verdad cuando escribe: «Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios» (1 Juan 3:1). Dios nos vio –heridos por el pecado, afectados por el trauma y lejos del hogar– y eligió hacernos parte de su familia. No porque fuéramos hijos ejemplares ni porque nos hubiéramos ganado un sitio, sino porque nos amaba.
Nuestra experiencia con la adopción nos ha dado un pequeño vistazo del corazón de Dios. Cualquier compasión y ternura que sentimos hacia nuestra hija es solo un leve reflejo del amor inconmensurable de Dios por nosotros. Elena White lo expresó de manera maravillosa:
Es mejor que el Edén, porque no es solo el Paraíso restaurado: es una familia asegurada.
«¡Qué amor, qué amor inigualable, para que, pecadores y extranjeros como somos, podamos ser devueltos a Dios y adoptados en su familia! […]. Todo el amor paternal que ha llegado de generación en generación mediante el canal de los corazones humanos […] no son más que un pequeño arroyo respecto del océano infinito que es ese amor infinito e inagotable de Dios».1
La adopción cambia nuestro pasado
Las Escrituras presentan la adopción como una obra de gracia con profundas consecuencias. En primer lugar, la adopción cambia nuestro pasado. Nos mueve de la esclavitud a la libertad; del miedo a la pertenencia. Pablo nos dice: «Ya no eres esclavo, sino hijo» (Gál. 4:7). Nuestro estatus cambia por completo. Pasamos de la esclavitud a la realeza.
Pero la adopción nunca es barata.
Mi esposa y yo aprendimos rápidamente que la adopción es costosa. Hubo miles de dólares en gastos, cientos de horas de papeleo, incontables entrevistas y, más tarde, muchas más horas dedicadas a ayudar a nuestra hija a procesar heridas emocionales profundas. Cuando amas a un huérfano, te sacrificas por él.
Dios hizo lo mismo.
«De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito» (Juan 3:16). Estas palabras familiares describen el mayor acto de adopción que el universo haya conocido jamás. Dios dio a su único Hijo para así tener muchos hijos e hijas. El Calvario –el dolor más profundo en el corazón de Dios– fue también el lugar de su mayor alegría.
Comprender el amor compasivo de Dios lo cambia todo. Me dice que, por mucho que yo me haya equivocado, confesado e intentado mostrarme mejor de lo que soy, Dios me ama como a su hijo adoptivo.
Un día, poco después de que nuestra hija se uniera a la familia, hizo algo que sabía que no debía hacer, y luego mintió al respecto. Cuando finalmente la verdad salió a la luz, se sintió abrumada por el miedo. Entre lágrimas preguntó
—¿Lamentan haberme adoptado?
—Estamos decepcionados de que hayas tomado esa decisión –le dijimos con sinceridad–. Pero eso no cambia nuestro amor por ti.
Nuestro Padre celestial siente lo mismo. Dios se aflige por el pecado, pero no deja de amar a sus hijos. Aun sabiendo todos nuestros fracasos de antemano, «nos predestinó para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo» y «nos hizo aceptos en el Amado» (Efe. 1:5, 6). Desde el principio, Jesús estuvo decidido a entrar en nuestro mundo quebrantado y traer humanidad a la familia de Dios.
No es de extrañar que Pablo pregunte: «¿Quién nos separará del amor de Cristo?» (Rom. 8:35).
La adopción transforma nuestro presente
Para el hijo de Dios, esa transformación continua tiene nombre: santificación. Como hijos e hijas adoptivos, llevamos el nombre de Dios y aprendemos a vivir de una manera que refleja su carácter.
Queremos honrar al Padre que nos salvó.
«Así como en el mundo antiguo todos los hijos, incluso los adoptados, debían comportarse de manera que no desacreditaran a su padre ni mancharan el nombre de la familia, así es responsabilidad de los hijos adoptados espiritualmente y que pertenecen a la casa divina vivir de manera inmaculada e intachable, dando gloria a su santo Padre celestial».3
A menos que elijamos creer y aceptar a Jesús, no podemos reclamar un lugar en su familia.
Todavía recuerdo la primera vez que nuestra hija me dio una tarjeta que decía: «Te amo, papá». Admito que lloré. Habíamos visto una respuesta a nuestro profundo amor por ella. Como escribió Elena White en cierta ocasión: «El amor se despierta únicamente por el amor».2 El amor sana el trauma, y la compasión misericordiosa de Dios nos transforma desde adentro.
Pablo escribe: «No habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: “¡Abba, Padre!”» (Rom. 8:15). Una vez que somos adoptados, Dios se convierte no solo en Señor, sino en Padre.
Pablo usa aquí tanto el arameo como el griego por una razón. Abba fue la palabra que el propio Jesús usó en el Getsemaní (ver Mar. 14:36), un término de profunda intimidad y confianza. Dado que Jesús clamó a su Padre en su momento más oscuro, los creyentes a lo largo de la historia han repetido ese mismo clamor en oración.
Cuando el miedo me invade, cuando me siento abrumado o acorralado, recuerdo que pertenezco a la familia de Dios. Levanto mi corazón y oro: «¡Abba, Padre, por favor ayúdame!» Y percibo su tierna compasión, tan real y reconfortante como cuando he sostenido a mis propios hijos.
Una noche nuestra hija nos hizo escuchar una canción sobre una madre. Mientras la melodía y la letra llenaban la habitación, algo dentro de ella se quebrantó. Los recuerdos de la muerte de su madre –y los años de abandono que siguieron– salieron a la superficie de golpe. Se desplomó entre sollozos, y la abrazamos mientras lloraba; mientras nuestras lágrimas se mezclaban con las suyas.
La adopción no solo redime el pasado sino que transforma el presente. El amor transforma y sana.
La adopción no es un solo momento. Es un proceso. Nuestra hija tuvo que dejar su país, sus amigos y la cultura que le resultaba familiar para asumir una nueva identidad. Fue algo precioso pero complicado.
Tuvo que aprender que los comportamientos normales en su antigua vida –maldecir, fumar, beber– no formaban parte de su nueva cultura familiar. Para sobrevivir, ya no tenía que gritar, luchar ni mentir. Podía confiar en que la amábamos y queríamos lo mejor para ella. Con el tiempo, el amor la transformó y empezó a florecer.
La adopción asegura nuestro futuro
Por último, la adopción nos ofrece un futuro asombroso. «El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios –escribe Pablo–. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo» (Rom. 8:16, 17).
Nuestra hija sabe que todo lo que pertenece a nuestra familia también le pertenece a ella. Comparte plenamente nuestro amor y cuidado. De la misma manera, Dios nos invita a la herencia de su Hijo. Nosotros, que una vez fuimos esclavos, ahora somos hijos e hijas del Rey.
Pablo va aún más lejos. Dice que toda la creación está «esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo» (Rom. 8:23). Un día la adopción será completa. Nuestros cuerpos quebrantados y mentes agotadas serán restaurados. Seremos completos, y el propio universo se regocijará.
Hace dos años nuestra hija entregó su corazón a Jesús y fue bautizada. El año que viene se casará. El fruto del amor y la adopción es una joven hermosa que vive para Dios.
Y aun así, la historia no termina ahí.
Pablo dice que somos «herederos de Dios» (Rom. 8:17). Dios mismo es nuestra herencia. Algún día viviremos con él en perfecta intimidad y para siempre. Eso es mejor que el Edén, porque no es solo el Paraíso restaurado: es una familia asegurada.
La adopción es una elección
Es difícil imaginar a nuestra familia sin nuestra hija adoptiva. Sin su risa contagiosa y su espíritu alegre, faltaría algo esencial. Nuestra mesa se sentiría extrañamente vacía.
Las Escrituras nos recuerdan que la adopción es un regalo, pero también una elección. No todo el mundo es adoptado.
Cuando nuestra hija se presentó en el tribunal, tuvo que decirle al juez si elegía, o no, formar parte de nuestra familia. Si hubiera dicho que no, la silla preparada para ella habría permanecido vacía. Casi lo hizo. Por un momento consideró elegir su mundo familiar –sus amigos, su pasado– en lugar del futuro desconocido que se le ofrecía.
La Biblia presenta la misma seria realidad. «Pero a todos los que creyeron en él y lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios» (Juan 1:12, NTV).4 El amor de Dios se ofrece libremente, pero necesita ser recibido. A menos que elijamos creer y aceptar a Jesús, no podemos reclamar nuestro lugar en su familia.
¡Qué tragedia sería dejar ese lugar vacío! Rechazar el amor que nos llama al hogar. Cómo ha de doler el corazón de Dios al pensar en hijos e hijas que nunca se sienten junto a su mesa.
La adopción es una historia de amor, pero su final no es automático. Depende de nuestra respuesta. ¿Permitiremos que el amor de Dios nos transforme? ¿Aceptaremos tanto los privilegios como las responsabilidades de pertenecer a su familia? ¿O nos aferraremos a viejas identidades y comodidades familiares?
La invitación ha sido extendida. El lugar está preparado. El capítulo final aún se está escribiendo.
¿Qué elegiremos?
1 Elena White, My life today (Washington, D.C.: Review and Herald Pub. Assn., 1952), p. 289.
2 Elena White, El Deseado de todas las gentes (Mountain View, California: Pacific Press Pub. Assn., 1955), p. 13.
3 Trevor J. Burke, Adopted Into God’s Family, New Studies in Biblical Theology (Downers Grove, Ill.: IVP Academic, 2006), t. 22, p. 43.
4 Las citas bíblicas marcadas como NTV están tomadas de la Santa Biblia, Nueva Traducción Viviente, © Tyndale House Foundation, 2010. Todos los derechos reservados.
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Alan Parker es profesor y director del Instituto Pierson de Evangelización y Misiones Mundiales en la Universidad Adventista Southern (Estados Unidos).



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