DOS VIDAS, DOS DESTINOS

03/08/2026

¿Correr y controlar todo o dejar que Dios se ocupe?

Muchas veces es difícil comprender los tiempos de Dios. Si estuviéramos a cargo de nuestra vida, ¡cuántas cosas cambiaríamos! Todo sería más rápido. Especialmente en los tiempos que corren, donde todo es inmediato y la tentación de controlar nuestros tiempos es inmensa. Pero, cuando aceptamos que Dios sea Señor de nuestra vida, también aceptamos que sus tiempos —y no los nuestros— son soberanos. Entramos en esta relación, en este pacto con Dios, no por miedo, resignación o ciega religiosidad, sino porque la Biblia y nuestra propia vida nos muestran (si tenemos los ojos del corazón abiertos) que los tiempos de Dios son los mejores para nosotros.

Esperar en el Señor Jesús, en obediencia a su Palabra y en oración perseverante, es un ingrediente fundamental de lo que significa construir nuestra vida sobre la Roca. Aceptar y respetar los tiempos de Dios es darle un fundamento sólido a todo lo que somos y hacemos.

Recordemos la vida del rey Saúl y la del rey David. Uno decidió tomar sus tiempos en sus manos. El otro dejó que Dios dirigiera todo.

El profeta Samuel ungió a Saúl como primer rey de Israel y le dijo: «Descenderás delante de mí a Gilgal, y he aquí, yo descenderé a ti para ofrecer holocaustos y sacrificar ofrendas de paz. Esperarás siete días hasta que venga a ti y te muestre lo que debes hacer»
(1 Sam. 10:8, LBLA).

Saúl tendría que esperar cuando se encontrara frente a sus enemigos en el campo de batalla. Pero…

«Él esperó siete días, conforme al tiempo que Samuel había señalado, pero Samuel no llegaba a Gilgal, y el pueblo se le dispersaba. Entonces Saúl dijo: “Traedme el holocausto y las ofrendas de paz. Y él ofreció el holocausto”. Y sucedió que tan pronto como terminó de ofrecer el holocausto, he aquí Samuel vino; y Saúl salió a su encuentro para saludarle. Pero Samuel dijo: “¿Qué has hecho?” Y Saúl respondió: “Como vi que el pueblo se me dispersaba, que tú no llegabas y que los filisteos estaban reunidos en Micmas, me dije: ‘Ahora los filisteos descenderán contra mí en Gilgal, y no he implorado el favor del Señor’. Así que me vi forzado, y ofrecí el holocausto”» (1 Sam. 13:8-12, LBLA).

¡Esta fue una decisión independiente y carente de fe!

Por eso, Samuel respondió: «Has obrado neciamente; no has guardado el mandamiento que el Señor tu Dios te ordenó, pues ahora el Señor hubiera establecido tu reino sobre Israel para siempre. Pero ahora tu reino no perdurará. El Señor ha buscado para sí un
hombre conforme a su corazón, y el Señor le ha designado como príncipe sobre su pueblo porque tú no guardaste lo que el Señor te ordenó» (1 Sam. 13:13-14, LBLA).

¿Quién forzó a Saúl a actuar por su propia cuenta? Él mismo, lamentablemente. No se le ocurrió que Dios era más poderoso que sus enemigos. No había cultivado el pensamiento del poder de Dios. Como muchas veces nos sucede a nosotros.

Más bien nos gustaría estar del lado ganador y actuar como lo hizo David cuando tuvo una segunda oportunidad de deshacerse de su archienemigo, el rey Saúl.

«Pero David dijo a Abisai: “No lo mates, pues, ¿quién puede extender su mano contra el ungido del Señor y quedar impune?” Dijo también David: “Vive el Señor, que ciertamente el Señor lo herirá, o llegará el día en que muera, o descenderá a la batalla y perecerá. No permita el Señor que yo extienda mi mano contra el ungido del Señor; pero ahora, te ruego, toma la lanza que está a su cabecera y la vasija de agua, y vámonos”» (1 Sam. 26:9-11).

Para llegar a actuar de esa manera, David había pasado mucho tiempo mirando a su Señor y pensando en lo que Dios significaba para él: «De continuo están mis ojos hacia el Señor, porque él sacará mis pies de la red» (Sal. 25:15). David había descubierto el secreto para vivir con paz, en la seguridad de que Dios iba a actuar en su vida de la mejor manera, según sus propios tiempos.

Que el ejemplo de David nos anime a dejar de correr y querer controlar todo. Y a decir con él: «La integridad y la rectitud me preserven, porque en ti [Señor] espero» (Sal. 25:21, LBLA).

  • Lorena Finis de Mayer

    Lorena Finis de Mayer es argentina y escribe desde Berna, Suiza. Desde hace varios años es columnista en la Revista Adventista y sus artículos son muy valorados por la exacta combinación de sencillez y profundidad.

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