Las impensadas relaciones entre un evento deportivo y nuestra fe.
Nunca en la historia hubo tanta tecnología diseñada para que no necesitaras a nadie. Delivery, streaming, trabajo remoto, predicaciones online… y la lista sigue. Tenemos la infraestructura completa para vivir sin salir, sin coincidir y sin depender. Y entonces, llega el Mundial de Fútbol y todo eso parece desaparecer. Hay algo que ocurre cada cuatro años que no tiene explicación completamente racional. Millones de personas que nunca se han visto se abrazan en las calles, las plazas y los bares, convocados —irónicamente— por once desconocidos con una camiseta.
Las culturas antiguas entendían algo que la modernidad intentó suprimir: los seres humanos necesitan rituales colectivos. Momentos donde la identidad individual se disuelve en algo más grande, momentos donde pertenecemos y somos. Los griegos tenían los Juegos Olímpicos. Los romanos llenaban el Coliseo. Los hebreos peregrinaban tres veces al año hacia Jerusalén. Los celtas marcaban el paso de las estaciones con el fuego y la asamblea. Los medievales salían a la calle en procesión. Pero el siglo XXI y su secularización prometieron que podíamos vivir sin eso… y lo creímos.
Sin embargo, la realidad insiste en contradecirnos. Cada cuatro años, millones de personas son la manifestación visible de una necesidad humana permanente: la necesidad de pertenecer a algo más grande que uno mismo. Y aquí aparece una pregunta incómoda: ¿no debería ser la iglesia el lugar donde esa necesidad encuentra su expresión más plena?
Veamos algunos ejemplos de lo que estoy diciendo:
1. Cuando comienza el Mundial, la pantalla personal queda corta. No por el tamaño, sino porque verla solo no es lo mismo que verlo junto a nuestros amigos o nuestra familia. Los antropólogos señalan que las comunidades que sobreviven siglos no lo hacen por sus ideas, sino por sus rituales compartidos y por sus prácticas repetidas en conjunto. Estas le recuerdan a cada miembro que pertenece a algo mayor. Algo que, con el tiempo, se transforma en «identidad».
Por eso, la palabra griega ekklesia, que traducimos como «iglesia», significa literalmente «los convocados». Hechos 2 relata que se reunían cada día, que comían juntos y que compartían sus bienes con cualquiera que tuviera necesidad. ¿Será que, sin darnos cuenta, cambiamos esa forma de vivir? ¿Será que la vida del otro ya no me interesa y que mi iglesia se limita solo a una agenda de actividades y a un edificio que se cierra cuando termina una programación?
2. En el Mundial, durante noventa minutos, el ejecutivo y el obrero gritan juntos. El migrante y el ciudadano de nacimiento llevan los mismos colores. El joven y el anciano comparten el mismo nerviosismo. El rico y el pobre sufren la misma angustia ante un penal. Hay en todos un mismo sentir. La iglesia fue llamada para eso. Así, 1 Corintios 12:13 señala: «Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu». Delante de la cruz no hay fila preferencial, no hay palco VIP y no hay acceso diferenciado. Es la misma gracia para todos.
En la actualidad, somos la generación más conectada de la historia y —al mismo tiempo— la Organización Mundial de la Salud declaró a la soledad como problema de salud pública global. Los estudios son consistentes en su diagnóstico: las personas no carecen de contacto, sino de ritmo compartido. Y eso es lo que ofrece la Copa del Mundo. Por unas semanas, una sociedad fragmentada recupera un ritmo común. Y esto no es una necesidad nueva. Fuimos diseñados para ella. Génesis registra un ritmo semanal grabado en la estructura misma de la creación: el sábado fue un día diseñado para dejar de mirar al yo. Un día donde el pueblo se encuentra con Dios y entre sí. ¿Cuándo fue la última vez que saliste del sábado sintiéndote menos solo que cuando entraste?
3. Cuando decenas de miles cantan juntos en el estadio, sin director ni coordinación, el canto comunitario crea simultáneamente unidad e individualidad. Cada voz es distinta, pero el sonido resultante es uno. La voz individual se disuelve y potencia en una voz colectiva. Por eso, Pablo instruye a las comunidades a hablar «entre vosotros con salmos, himnos y cánticos espirituales» (Efesios 5:19). Cantar juntos era una manera de recordar juntos quiénes eran. Cuando cantamos en nuestras iglesias, ¿estamos consumiendo una experiencia o construyendo una identidad?
4. En cada Copa del Mundo aparece la comida compartida: la parrilla antes del partido y el bar donde extraños comparten sin presentarse. Cuando leemos los evangelios, notamos que Jesús organizó su ministerio notoriamente alrededor de mesas. Además, dejó como memorial el ritual de una cena, conocida hoy como la Santa Cena o Cena del Señor. ¿Cómo es posible que extraños se sienten juntos durante un partido y salgan sintiéndose menos solos, mientras nosotros celebramos la mesa más significativa de la historia en silencio y de prisa?
5. La imagen del jugador que llora en el campo después de la eliminación conmueve a millones que nunca lo conocieron. El lamento comunitario es un ritual que la iglesia moderna abandonó, convencida de que la fe siempre debe proyectar victoria. Pero, si te detienes a pensar, un tercio de los salmos son lamentos. Una comunidad que no puede llorar junta tampoco puede alegrarse unida de manera profunda.
¿Cuándo fue la última vez que tu iglesia fue un lugar seguro para llegar roto y llorar?
6. Existe un sonido que no necesita traducción en ningún idioma: el grito colectivo después de un gol. La alegría, en la tradición bíblica, no es un estado interno que cada uno gestiona en soledad. Al contrario, es un acto que necesita testigos para completarse. Las fiestas de Israel eran convocatorias obligatorias. Y Jesús estaba tan frecuentemente en celebraciones que sus críticos lo llamaron glotón y bebedor de vino. ¿Cuándo fue la última vez que tu gozo en Cristo fue tan visible que alguien te preguntó por qué?
La comunión del Mundial es real, pero fugaz.
Es intensa, pero superficial.
Es global, pero efímera.
Cuando la final termina y la pantalla se apaga, cada uno vuelve a su estado de soledad cotidiana. Y ahí está el desafío. El reencuentro, el ritmo compartido, el canto que une, la mesa donde extraños se vuelven conocidos, el lamento que se comparte y el gozo que necesita testigos no son una invención del fútbol. Es una memoria de algo que el ser humano siempre supo que necesitaba. Tal vez por eso los grandes eventos, como la Copa del Mundo, despiertan algo tan profundo en nosotros. No solo nos entretienen. Nos recuerdan que fuimos creados para pertenecer, para compartir la vida con otros y para formar parte de una historia mayor que nosotros mismos: una historia eterna.
Puedes experimentar lo que se vive en un Mundial cada sábado en tu iglesia. Si eso no está sucediendo, reflexiona, ora, dialoga y trabaja junto a tu familia, tus amigos, tus líderes y tu pastor para que esto pueda suceder.



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